ÁNGULO CERO

Por: Sabina Marco Pimentel

Las venas abiertas del Seguro Social

Cuando sanar a un pueblo cuesta la vida de quienes lo curan

​Veo con tristeza que en el corazón de cada familia mexicana, hay una historia tejida en las salas de espera del Instituto Mexicano del Seguro Social, ahí, donde el dolor se vuelve cotidiano, la esperanza de un país entero ha descansado durante décadas sobre los hombros fatigados de sus médicas, doctores, enfermeros, camilleros y personal de limpieza, sin embargo, detrás de la narrativa oficial que ensalza la grandeza institucional del dichoso IMSS bienestar y la frase estamos mejor que en Dinamarca, nuestra realidad en las clínicas huele a abandono, a desvelos, a olvido, a muerte. Sin insumos y al eco sordo de un grito colectivo que ya no puede callar más.

Al grito de «Seguimos en pie de lucha». Queda claro que no estamos ante una huelga más, ni ante un reclamo frío por números en un recibo de nómina, este clamor es la herida abierta de quienes entran a la jornada diaria a librar batallas sin armas, solo con cubrebocas y guantes cuando bien les va, es la batalla de quienes sostienen la mano de un abuelo, de una madre, de una mujer con cáncer o de un niño sin contar a veces con una gasa, una jeringa o el medicamento exacto para calmar su agonía.

Exigir un salario digno y condiciones mínimas de trabajo no es un privilegio, es el derecho elemental de quien entrega la vida para velar por la de los demás.

Pretender que el heroísmo sustituya al presupuesto es un acto de crueldad y cinismo contra el personal médico y el trabajador, de insensibilidad hacia la gente, el discurso del bienestar y la famosa transformación, es
​el verdadero drama de esta crisis, la cual no la sufren los escritorios, de la burocracia guinda, sino el pueblo que espera de madrugada bajo el frío para alcanzar una cita, y el personal de salud que debe dar la cara con el alma rota y la impotencia por no tener con qué responder.

La falta de plazas, el agotamiento físico y la incertidumbre de un retiro digno están consumiendo a la fuerza viva que mantiene en pie los hospitales aún, mantenener el oídos sordo ante sus marchas y sus consignas es dar la espalda no solo al gremio médico, sino a las millones de familias trabajadoras que dependen del Seguro Social para sobrevivir.

​El IMSS no son sus muros ni sus logotipos; el IMSS el humanismo que existía desde que su servidora era niña, es la gente que cura, el médico que hoy hace milagros con lo que tiene a la mano para la gente que busca sanar.

Dignificar a sus trabajadores es, en última instancia, abrazar y proteger la vida de todo el pueblo de México, es algo más grande que las respuestas indiferentes de sus líderes y de la misma presidenta de la risa nerviosa o hasta burlona en la mañanera, dónde se gastan millones que hacen falta en el sector salud.

Ignorar su lucha no es solo una falla de gobierno, es una deuda moral con nuestra propia humanidad, seamos o no derechohabientes debemos apoyarles.

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