Por: Diana Arango/Atzin
La profecía hecha territorio
El tejido político del retorno femenino y el cambio de era
SANTA FE, Nuevo México.— Hay cosas que el tiempo no olvida; solo las guarda en la piel de la tierra hasta que las manos correctas vienen a desenterrarlas.
Durante siglos, la narrativa dominante impuso la idea del tiempo como una línea recta, limpia y vertical, medida por el reloj de los invasores y la vorágine de las máquinas. Sin embargo, en las corrientes del pensamiento originario del continente, las abuelas que guardaron el fuego en Iztapalapa o en las montañas andinas y en los desiertos del norte siempre sostuvieron una verdad distinta: el tiempo no corre, danza en espiral.
El tiempo vuelve, y la comprensión del presente no se reduce al cómputo de las urnas ni a la inmediatez de las coyunturas electorales.
Existe un consenso profundo entre autoridades tradicionales y sabias comunitarias: estamos habitando los días exactos del Pachakuti, ese sacudimiento sagrado que desbarata el orden viejo para restablecer el equilibrio.
El denominado «tiempo de las mujeres» (Warmi Pachakuti) no constituye la sustitución de un esquema de dominio por otro, ni responde a una simple «cuota de género» o política de ocasión. Representa la restauración profunda de la armonía perdida entre la humanidad y la naturaleza, la encarnación de la Pachamama en los Andes, la sagrada Nana Tonantzin Tlalli Coatlicue en el Anáhuac, y la entrañable Unci Maka / Ina Maka (la Abuela y Madre Tierra, como la nombran los pueblos Lakota) abriéndose paso entre el pavimento para reclamar la conducción de su propia casa.
El cruce de los presagios, del volar solitario al Octavo Fuego, en las raíces de la memoria continental arden presagios ancestrales que hoy dejan de ser mito para convertirse en crónica periodística y realidad política.
La Profecía del Águila y el Cóndor, durante quinientos años, el Águila —representación del intelecto, la técnica voraz y el pensamiento del Norte— voló en solitario, rasgando el cielo con alas de acero. El Cóndor —emblema del Sur, de la intuición y de la espiritualidad resguardada por las mujeres— debió replegarse.
Entonces el planeta herido demostró que el intelecto desprovisto de corazón resulta insuficiente, la profecía auguró el momento en que ambas fuerzas cruzarían miradas para volar juntas en el mismo horizonte, para sostener ese cielo, el mundo requiere reactivar la conciencia del corazón, territorio que las mujeres jamás aceptaron ceder.
El Octavo Fuego y las guardianas del agua. En las tradiciones Anishinaabe y Lakota, este umbral señala la encrucijada donde la humanidad decide si camina hacia su propia ceniza o regresa a las fuentes de vida. En ese cruce destacan las guardianas del agua, mujeres que alzan los cántaros para recordar que la vida no se extrae ni se comercializa; se cuida bajo la mirada protectora y nutricia de Unci Maka e Ina Maka.
Las tres dimensiones del nuevo liderazgo, esta transición, anunciada por la memoria ancestral, halla sus cauces de manifestación concreta en la vida pública del continente a través de tres pilares fundamentales, gobernanza y la voz del consejo, la visión del retorno del consejo de abuelas y la toma de decisiones orientada al bien común se materializa en el incremento sostenido de la participación y el triunfo de mujeres indígenas en elecciones locales, legislativas y gubernamentales. La victoria de Deb Haaland —integrante del pueblo Laguna Pueblo— como la primera mujer indígena en asumir la gubernatura de un estado en la historia de los Estados Unidos (Nuevo México), tras su paso como congresista y secretaria del Interior, ilustra cómo la administración pública pasa de ser un espacio de gestión a un verdadero ejercicio de representación y memoria comunitaria.
Cambiará entonces el territorio y resguardo de la vida, frente a la concepción del territorio como simple bien extractivo, la cosmovisión originaria sitúa la defensa de la tierra y del agua como entes vivos y sagrados. Esta premisa cobra fuerza en el liderazgo de las mujeres al frente de los movimientos socioambientales y las luchas por el reconocimiento jurídico de los derechos de la naturaleza, honrando la fuerza sagrada de la Pachamama y de Nana Tonantzin Tlalli Coatlicue, y frenando la jerarquía donde la fuerza bruta aplastó la reciprocidad.
Equilibrio y el retorno a la dualidad sagrada (Yanantin y Ayni): El equilibrio integrado entre lo intuitivo y lo racional se proyecta en la construcción de políticas públicas que combinan el desarrollo técnico con la soberanía alimentaria, la equidad y el cuidado del entorno. Se reactiva así la promesa del Yanantin (la dualidad sagrada) y el Ayni (la reciprocidad entre lo masculino y lo femenino), donde el poder rige en armonía y no en dominio.
Hablamos entonces de una transformación de era, del resurgimiento del liderazgo femenino indígena no responde a una concesión de la modernidad política ni al libreto convencional del mando. Surge desde la memoria viva, la semilla guardada y el respeto a la tierra. Cuando una mujer originaria asume la dirección en los espacios donde antes se firmaban sus despojos —ya sea en ministerios, bancadas legislativas o gobernaturas estatales—, la historia continental demuestra que no está cambiando simplemente de página; está cambiando de era.

