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Cuando la política quiere rezar… pero para ganar votos

Por Raúl González Nova

En México la relación entre la política y la iglesia tiene una línea muy clara que no debería cruzarse. No es un capricho ni una moda moderna. Es una norma establecida en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, particularmente en su Artículo 130 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que establece la separación entre el Estado y las asociaciones religiosas.

En palabras sencillas: el Estado mexicano es laico. Y eso significa que la fe pertenece al ámbito personal, no al terreno de la manipulación política.

Pero en la práctica, esa línea muchas veces se vuelve borrosa. Especialmente cuando algunos políticos descubren que los templos llenos pueden convertirse en un escenario perfecto para buscar simpatías, bendiciones… y votos.

Nadie cuestiona el derecho de un político a tener religión. Faltaba más. Cada ciudadano es libre de profesar la fe que quiera. El problema aparece cuando la devoción se convierte en estrategia electoral. Cuando los actos religiosos se transforman en eventos de promoción política o cuando los discursos espirituales terminan cargados de guiños partidistas.

La ley también es clara en ese punto. Los ministros de culto no pueden hacer proselitismo político ni llamar al voto desde el púlpito. Tampoco los partidos pueden utilizar símbolos religiosos para promover candidatos. Es una regla que existe para proteger tanto a la política como a la propia religión.

Porque cuando la fe se convierte en herramienta electoral, pierde su esencia espiritual. Y cuando la política se refugia en el altar para buscar legitimidad, normalmente es porque le faltan resultados en el gobierno o propuestas para la sociedad.

La historia mexicana no estableció esta separación por casualidad. Fue producto de conflictos profundos que enseñaron que mezclar el poder político con el religioso termina generando más divisiones que soluciones.

Por eso la Constitución no prohíbe creer. Lo que prohíbe es usar la fe como instrumento de poder.

La política debe convencer con ideas, resultados y proyectos. No con bendiciones estratégicas ni con fotografías en ceremonias religiosas que casualmente aparecen cuando se acercan los procesos electorales.

Porque cuando la política empieza a rezar demasiado en público, muchas veces no es por devoción… sino por cálculo.

Y eso, tarde o temprano, la sociedad lo termina notando…

Término diciéndoles que: si el pueblo unido jamás será vencido, los periodistas unidos no volveremos hacer agredidos.

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“Sin periodistas no hay periodismo; sin periodismo no hay democracia” es una frase que siempre debe ser recordada, sobre todo en eventos asociados a la libertad de expresión y el derecho a la información.

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No hay plazo que no se cumpla, ni chisme que no se cuente.

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