Por: Diana Arango/ Atzin
La Revuelta de las Nadie, ni Patriarcado Progresista, Ni Libertad a Crédito y es que aún en este momento que atraviesa el país, nos quieren confinar, una vez más, a los márgenes de su binarismo estéril.
Pretenden que las mujeres elijamos entre el paternalismo de una izquierda que usa el pañuelo violeta o trajes típicos con bordados sagrados como adorno de campaña, mientras encubre o minimiza las violencias estructurales, y el cinismo de una derecha que habla de «libertad» para entregar nuestros cuerpos, nuestros cuidados, nuestra salud, nuestros sueños, nuestro futuro y nuestros derechos al mercado.
Nos exigen agradecer las migajas de un poder que nos instrumentaliza y, al mismo tiempo, nos amenazan con el regreso de los verdugos neoliberales que mercantilizaron la vida misma.
Pues ya no somos las convidadas de piedra de su fiesta patriarcal,
y criticar a este gobierno desde una mirada feminista radical no es, ni será jamás, un guiño a la derecha rancia que hoy se disfraza de defensora de la libertad individual. Esa misma derecha es la que nos quiere precarizadas, sobrecargadas en el trabajo doméstico no remunerado, tuteladas en nuestras decisiones reproductivas y expuestas a la violencia machista que el propio sistema capitalista alimenta y sostiene. Su «libertad» nunca ha sido la nuestra; es la libertad de los explotadores para despojar los territorios y mercantilizar los cuerpos de las mujeres empobrecidas.
Pero tampoco podemos tragar con la farsa de una izquierda institucional que coarta la autonomía de los movimientos sociales, que verticaliza la lucha y que pretende tutelar nuestra rabia.
Ese falso progresismo gusta de usar la retórica de la emancipación en los discursos oficiales, pero en la práctica archiva nuestras demandas, desfinancia los refugios, criminaliza la protesta feminista y pacta con los sectores más conservadores con tal de asegurar sus cuotas de poder.
Nos exigen obediencia ciega a cambio de nada, bajo la chantajista premisa de que «si no están con nosotros, gana el enemigo».
El feminismo que incomoda, el que brota desde abajo, desde las periferias y las calles, sabe perfectamente que la opresión de género no se disuelve cambiando de amo.
No queremos a la izquierda de oropel que blanquea violencias machistas bajo consignas partidarias, ni a la derecha de franquicia que reduce la emancipación a la capacidad de consumir en un mercado desigual, y mucho menos estamos dispuestas a tolerar los brotes neofascistas que amenazan con arrebatarnos hasta el derecho a existir en libertad y plenitud.
La verdadera autonomía de las mujeres no se negocia en los despachos donde se reparte el pastel del Estado. Ni sumisas ante el altar de la autocracia progresista, ni esclavizadas por el dogma del libre mercado neoliberal.
Nuestra trinchera es radical, apartidista y profundamente antipatriarcal; es hora de romper el tablero de los falsos salvadores y construir, desde la rabia y la ternura desobediente, un horizonte donde la vida esté en el centro y ninguna estructura de poder vuelva a decidir sobre nuestros cuerpos.



