DOS DE OCTUBRE DE 1968

COLUMNA-ABEL-SANTIAGO

Por Abel Santiago / abelsantiago30336@yahoo.com.mx

Acostumbré durante muchos años escribir artículos conmemorativos de este inolvidable día, como un homenaje a los estudiantes caídos por la defensa de sus ideales, recordando también mi participación en casi todas las manifestaciones y mítines del Movimiento Estudiantil y Popular, salvo cuando por razones de trabajo me era imposible asistir, como ocurrió precisamente ese día, porque ya había acumulado muchas faltas en el turno vespertino en el Departamento del Distrito Federal. Posiblemente otra hubiera sido mi suerte de haber concurrido a la gran manifestación de entonces, pero aun así mucho lo lamenté por algún tiempo. He dejado de escribir sobre el tema no por indiferencia, olvido o cambio de ideología y de convicciones, sino por la abundancia del material que se da a conocer y porque ya hasta se ha vuelto clásica la expresión ¡Dos de Octubre no se Olvida! Ahora lo vuelvo a hacer por la confusión que se está creando con motivo de los acontecimientos recientes, sobre todo de los últimos meses, llegándose en algunos casos a explotar como si fueran continuación de lo ocurrido hace 48 años, y en otros para exaltar la conducta represora de los victimarios, invocando su presencia ahora, como si los acontecimientos fueran similares, sin más diferencia que la época y los protagonistas.

En pláticas recientes con algunos ex compañeros de estudios, que desde luego no están de acuerdo con la conducta gansteril de los actuales “luchadores sociales”, han llegado a lamentar la falta de gobernantes como Gustavo Díaz Ordaz e inclusive como Porfirio Díaz, porque aseguran que ellos actuaron con firmeza y mano dura para mantener la paz social, lo que ahora hace falta para acabar con todo movimiento rebelde, que lo único que logra es perjudicar al pueblo, sin que el gobierno tenga el valor suficiente para hacerlos respetar las leyes. Esta es precisamente una de las grandes confusiones, que mezcla la represión con la justicia y la delincuencia con la protesta cívica y el idealismo, así como la paz social con la paz de los cementerios. En los discursos de cada año se dice que aún no se hace justicia a los que fueron sacrificados, sin que se explique en qué forma se les haría justicia, porque el único contra el que se podría proceder es Luis Echeverría Álvarez, quien ya casi no se puede levantar de la cama por su enfermedad y senectud, pero que como miembro de la familia revolucionaria sigue cobrando millonarias cantidades mensuales por concepto de pensión, igual que sus secuaces que detentaron el poder absoluto durante un sexenio.

Entre los grupos que ahora se consideran herederos y continuadores de ese Movimiento figura el de la pandilla magisterial, sobre todo la sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que en su desquiciante manifestación del dos de octubre se atrevió a insistir en su petición de justicia para los sacrificados, pero sólo como pretexto para respaldar sus caprichosas demandas, entre las que destacan la abrogación de la reforma educativa y la suspensión de evaluaciones, para continuar su negocio de tráfico con las vacantes en el sector educativo. Sus seguidores, o alumnos que los han superado, miembros de la Coordinadora Estudiantil Normalista del Estado de Oaxaca, se unieron a otros grupos de encapuchados anarquistas conocidos como narcotraficantes, para realizar también una marcha conmemorativa, durante la que retuvieron autobuses del servicio urbano y robaron las cuentas de los choferes, asaltando a algunos pasajeros, a los que obligaron a descender para disponer de las unidades. Como de costumbre, intervino la policía desarmada sólo para que los vándalos no continuaran cometiendo esos abusos, pero de inmediato apareció una comisión de la Defensoría de los Derechos Humanos para que los encapuchados no fueran maltratados por los uniformados.

En otros lugares del estado se repitió la misma situación, en los que fueron varios los grupos de “luchadores” que aprovecharon esta fecha para reiterar sus peticiones, entre las que el subsidio a sus líderes sigue predominando. El caso de la Comisión de Víctimas y Justicia de Asunción Nochixtlán es muy elocuente. Han logrado que muchos de los agresores en el operativo de desalojo implementado por las autoridades federales y estatales del 19 de junio, figuren ahora como víctimas, y que la Procuraduría General de la República, a través del interventor de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, esté atendiendo sus requerimientos, como la entrega de elevadas cantidades a familiares de muertos y heridos en ese operativo. Las demandas que siguen pendientes fueron reforzadas durante la conmemoración de los Héroes de Tlatelolco, a pesar de que las carreteras no han sido desalojadas en su totalidad, por lo que los viajes a otras entidades, en especial al Distrito Federal, siguen con problemas haciendo molestos e interminables los viajes, tanto para automovilistas como para usuarios del transporte público federal.

Independientemente de estos casos, permanentes porque como que se van heredando, la inseguridad y el vandalismo siguen creciendo por falta de justicia y aplicación de las leyes, que fue una de las principales peticiones del Movimiento Estudiantil y Popular de 1968. Esto ha ocasionado que muchos grupos de vecinos de barrios y colonias se unan para su autodefensa, pero que la irritación por la ingobernabilidad haya llegado a extremos tan salvajes como en el reciente caso de Santiago Matatlán, en el que un supuesto raterillo fue quemado vivo, sin que las autoridades competentes se hayan dado por enteradas, permitiendo que vuelva a imponerse la ley de la selva. Es por esto que nunca podrá olvidarse el dos de octubre, pero no para recordarlo sólo con proclamas incendiarias y para mantener los intereses creados, sino para que vuelvan a prevalecer la ley y la justicia.

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